Cuando contemplamos el árbol evolutivo de las religiones, como en esa imagen que condensa milenios de fe, mitología y misterio humano, no estamos viendo solo símbolos y nombres antiguos. Estamos mirando las huellas profundas del alma humana en su búsqueda incesante de sentido. Cada rama, cada raíz, cada fruto en ese árbol nos habla de una comunidad que, desde su geografía, su historia, su dolor y su esperanza, intentó dialogar con lo invisible, con el misterio, con lo sagrado.
Y es entonces cuando nos damos cuenta de algo esencial: las religiones hegemónicas y patriarcales que hoy dominan el panorama espiritual global —tan convencidas de su verdad absoluta, tan seguras de su exclusividad— son apenas un suspiro en el largo viaje de la humanidad. Son una rama reciente, una expresión particular de un fenómeno vasto, multicolor, lleno de matices, contradicciones y maravillas.
Creer que sólo unas pocas religiones contienen «la verdad» es como mirar una estrella y olvidar el firmamento. Es deshonrar la riqueza de lo humano. Las creencias del presente son hijas del tiempo, del territorio, del lenguaje, del poder político y económico que las ha sostenido. Nadie cree libremente desde la nada. Creemos lo que creemos porque nacimos donde nacimos, porque nuestras abuelas rezaron como rezaron, porque los libros que nos enseñaron callaron muchas otras voces.
¿Y qué pasa con esas otras voces? ¿Qué pasa con las espiritualidades que no llegaron a escribir libros sagrados porque fueron exterminadas? ¿Qué pasa con los pueblos que no necesitaron templos porque su catedral era el bosque, el río o el fuego? ¿Qué pasa con las mujeres, con los cuerpos disidentes, con los pueblos indígenas, con las culturas que fueron borradas por las conquistas religiosas y coloniales? También ellos hablaban con el misterio. También ellos conocían lo sagrado.
Es tiempo de humildad. De reconocer que no hay un único camino hacia lo divino, porque lo divino no es un objeto que pueda encerrarse en una doctrina. Es tiempo de escuchar lo que otros tiempos y otras geografías nos siguen diciendo. Es tiempo de honrar la pluralidad de formas en que los seres humanos han cantado a la vida, han llorado a sus muertos, han celebrado el amor, han implorado justicia, han encendido su fe.

Respeto no significa renunciar a lo que creemos. Significa abrir el corazón a la posibilidad de que hay mucho más de lo que conocemos. Significa dejar de mirar desde arriba y empezar a mirar desde el lado, desde el encuentro, desde el reconocimiento de lo múltiple.
Las religiones de hoy no son el centro del universo. Son una expresión más —y no la única ni necesariamente la más sabia— de la profunda y hermosa necesidad humana de conectar con algo mayor. Que no se nos olvide. Que no perdamos el asombro. Que no cerremos la puerta a lo que fue, a lo que es distinto, a lo que aún puede ser. Porque el misterio no cabe en un templo.
Christian Ortíz.
BLOG
- Tonantzin Guadalupe: Nuestra Señora buscadora.
- El canto del Alabado: oración y consuelo en los funerales del México profundo
- Irma Serrano y su demonio: la historia oculta de «El Patrón» en el Teatro Fru Fru
- Entre velas, sombras y susurros: La vida espiritual secreta de México.
- El misterio no cabe en el templo: Diversidad y religión | Christian Ortíz
Descubre más desde CASA ARKA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
